Blog de JUANREDON

COMO SI NADA

COLECCIONAR COMO SI NADA

JUAN REDÓN

Arquitecto y Coleccionista

Hay hombres que recuerdan

Hay hombres que mienten

Hay hombres que prefieren no hablar

Hay hombres que no entienden

Hay quien no tiene suerte y prefiere engañarte

sabiendo lo fácil que resulta ganarte

Sabes que nunca me iré lejos de ti

Tienes que aprender a resistir

Tienes que vivir

Esto no lo tengo, esto no lo hay,

esto no lo quiero y es lo que me das

Hay quien apuesta fuerte y decide quererte

sabiendo lo fácil que resulta perderte…

«HOMBRES» (Fangoria)

Aceptar el reto de dar cuenta de mi tarea como coleccionista de fotografía con ocasión de esta exposición supone el desafío de ordenar ciertas ideas e intuiciones que han aparecido y que se han desarrollado de forma paralela a como lo ha hecho mi colección. Ello me obliga a reflexionar sobre una actividad que se ha convertido en una labor cotidiana y no por ello exenta de emoción, y en ocasiones como la actual es necesario hacer un alto en el camino y mirar tu colección con la perspectiva y la experiencia que dan los años como coleccionista.

Al plantearme escribir estas líneas sobre mi colección y al buscar antecedentes, me encontré ante numerosos escritos que tratan sobre coleccionismo, muchos más de los que uno pueda imaginar y, tras leer bastantes de ellos, llegué a la conclusión de que ninguno de ellos daba cuenta de lo que para mí es el aspecto más relevante de mi colección: su dimensión epistemológica. Abundan los escritos con intenciones taxonómicas, con ánimo de establecer las virtudes y los defectos de todo buen coleccionista, intentos de establecer las condiciones ideales de toda colección ejemplar, como si la ejemplaridad tuviera que ser una de las virtudes de una buena colección. La mayoría de las reflexiones no dejan de ser un constante dar vueltas alrededor de un núcleo que se convierte en intangible, un conjunto de descripciones costumbristas, de usos y costumbres, de intentar definir tan excitante, al parecer, actividad. Si el coleccionista lo es de arte contemporáneo, los ánimos se excitan y las descripciones se vuelven indescriptibles, pero si se acota el campo del arte contemporáneo al de la fotografía las cosas se precipitan y se «revelan» los tópicos más desconcertantes. El propósito de dar cuenta de la actividad del coleccionismo se convierte en un auténtico despropósito, en el que abundan las descripciones poéticas y metafóricas e incluso las metáforas con efectos metonímicos.

Si me olvido de los textos y recuerdo las ocasiones en que he podido oír las explicaciones de los propios coleccionistas intentando dar cuenta de esta tarea, no dejan de parecerme un conjunto de impresiones imprecisas y vagas recomendaciones de cómo comprar arte y no fallecer en el intento. Los aspectos costumbristas del coleccionismo los dejo para otros coleccionistas ágrafos, para que puedan explicarlos en los foros a los que somos invitados y que pueden subrayar sus gozos y sus sombras, pagando el gustoso peaje de los quince minutos de fama que, desde que Warhol lo decretase, son de obligado cumplimiento.

Me parece adecuado echar mano de la distinción que se establece en antropología para distinguir entre las dos visiones posibles de una cultura y así poder explicar ciertos aspectos que considero esenciales para entender mi labor de coleccionista. Si establecemos un paralelismo entre las visiones etic (aquella que remite a la vista del observador, al mundo contingente) y emic (que designa el punto de vista del objeto de estudio, es decir, las categorías y reglas de compresión del mundo empleadas por los integrantes de una cultura)  puedo intentar dar cuenta de dos dimensiones completamente diferentes de mi colección. Una primera descripción de ciertas características que podrían explicar algunos de los aspectos más evidentes y que he ido definiendo en varios sitios con anterioridad, una especie de visión procedente de una mirada externa, y una segunda parte en la que quisiera dar cuenta del entramado cultural y epistemológico que sustenta la descripción externa.

Entre las características con las que he ido definiendo mi colección en las diferentes entrevistas que me han publicado destaco algunas, las que considero más relevantes y que tal vez puedan ayudar a entender desde una visión externa, similar al concepto etic en antropología, mi colección y que a continuación paso a describir:

Coherente: Uno de mis lemas es que cuando tengo dos objetos del mismo tipo es el principio de una colección. Puesto que como decía Freud el deseo no tiene objeto, o lo que es lo mismo: cuando tengo lo que quiero ya no lo quiero, el mecanismo del deseo es endiablado. Como ya he dicho en otras ocasiones, el deseo se convierte en un agujero negro inconmensurable. Únicamente intento poner precio a mi deseo y no a las obras de arte, siendo la prueba definitiva para la adquisición de una obra la coincidencia entre el precio que pongo a mi deseo y el de la obra de arte. Recientemente leí en una entrevista unas reflexiones con las que me sentí plenamente identificado y decían que «el deseo es una fuente de conocimiento y que los pensamientos son deseos disfrazados de orden» y que le interesaba a la entrevistada «el deseo que no termina con su satisfacción» y que por ello «el deseo existe siempre en tiempo presente, y un deseo que no tiene fin remite constantemente al final».

Extravagante: Más que colecciones silenciosas, gritonas o, simplemente, parlanchinas me inclino a diferenciar entre las que dan que hablar o las que te dejan sin habla. Sin duda prefiero estas últimas y ello me recuerda esa famosa frase que citaba el arquitecto Adolf Loos que decía «el que tenga algo que decir que dé un paso al frente y que se calle», y no puedo dejar de mencionar el célebre eslogan de Moschino que decía que si no puedes ser elegante al menos sé extravagante. Extravagante a la par que elegante, así me gusta considerar mi colección.

Ambiciosa: Todas la fotos que compro tienen como destino más inmediato el ser colgadas en mi casa y el disfrute de ellas diario y cotidiano en el ámbito privado de mi hogar, y si posteriormente algunas han acabado formando parte de la colección permanente de algún museo tiene que ver con la idea de que el coleccionista debe ser algo más que una de las manos que firman los cheques que mueven el mundo del arte. Dentro del corazón de todo coleccionista existe la esperanza de que su labor sea considerada de forma simétrica a la del artista; uno se sitúa en el origen del proceso artístico y el otro en uno de los posibles destinos de la obra de arte.

Arriesgada: En ocasiones me he definido como coleccionista kamikaze, y se preguntarán ustedes si es que con ello me inscribo en la tradición de hacerme el harakiri como si de Mishima se tratase. Nada más alejado de esa acepción, con ello quiero expresar uno de los rasgos que yo considero más sobresalientes de mi colección. Compro simplemente lo que me apetece y encaja en el proyecto de mi colección, sin tener en cuenta más consideraciones que las personales. Que las modas nos influyen a todos es evidente, pero si coincido con ellas es a mi pesar.

Intensiva: En el sentido de que no es el modelo de colección-muestrario, una obra de cada artista; cuando un artista entra a formar parte de mi colección es raro que lo haga con una sola obra, en ocasiones algunos artistas se han convertido en una obsesión. Intensiva en el sentido de la obsesiones, probablemente esa intensividad es la que confiere una coherencia a mi colección que a veces a mí mismo me sorprende. 

Gay: Entendiendo esta condición no sólo como una opción sexual diferente, sino como una forma diferente de ver el mundo. La cultura en la que estamos inmersos, y de la que difícilmente podemos escapar, nos coloca a los gays en una posición excéntrica, y es precisamente esa excentricidad la que nos permite tener una visión intelectual privilegiada, ya que nuestros actos de forma consciente o inconsciente son comparados con el conjunto de valores que la sociedad ha convenido en llamar normalidad. Esa permanente confrontación con lo establecido, de forma implícita o explicita, es lo que nos permite entablar un juicio crítico con el canon establecido. Lo que para muchos gays puede ser un incordio para mí es una situación privilegiada al disponer de una posición descentrada que hace que siempre mi mirada sea indirecta y oblicua.

Generosa: En lo que me gusta denominar función social del coleccionista se enmarcan algunas de las actividades que a continuación voy a describir. La labor desinteresada de préstamo de obras para exposiciones en museos y galerías tanto en España como en el extranjero. Cuando me lo plantearon por primera vez sentí una sensación extraña y egoísta que me hacía preguntarme a cambio de qué tendría que prestar algo valioso que está en mi casa, sabiendo que ello puede suponer un peligro de deterioro en el transporte, pero una décima de segundo más tarde, que duró varios días, todas las dudas se disiparon. Como colofón a este camino sin retorno iniciado con los préstamos para exposiciones temporales se enmarca la cesión en depósito durante un período inicial de cinco años de más de sesenta obras de mi colección en  ARTIUM, el Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo en Vitoria.

Aventurera: Uno de los méritos que podría aducir en mi labor como coleccionista es haber sido el primer coleccionista que compró obras de algunos artistas que forman parte de mi colección, en algunos casos antes de que dispusieran de galería, y consecuencia de esta permanente forma de incidir en el destino de mi propia colección, señalar la faceta como productor de fotos de jóvenes artistas que son invitados a exposiciones y que carecen de medios para afrontar la producción material de las obras.

Y por oposición, y como complemento a la visión etic me refiero a continuación a las ideas que se sitúan en el nivel de la visión emic, como la visión propia e intransferible del coleccionista. Nos encontramos con las siguientes consideraciones que son fundamentales como sustrato de las características que desde una descripción externa he realizado. Habiendo traspasado ciertas barreras de la idea convencional del coleccionismo y cuando pretendes situarte en una posición en la que esta tarea adquiere su verdadero significado como un acto esencialmente cultural, las cosas adquieren otra dimensión y no hay  más remedio que contextualizar dicho posicionamiento. Si con Zygmunt Bauman retomamos la definición de cultura que describió Santayana como «un cuchillo hendiendo el futuro» y recordamos que Pierre Boulez decía que «el arte lucha por transformar lo improbable en inevitable», el marco epistemológico desde el que me gustaría colocarme para dar cuenta de mi colección empieza a adquirir unas características muy determinadas. Es imprescindible considerar que la cultura trata sobre la tarea de hacer las cosas diferentes a como son, de conseguir que el futuro sea diferente al pasado y que decir «cultura» es intentar dar cuenta del hecho de que el mundo humano (el mundo moldeado por los humanos y el mundo que moldea a los humanos) está perpetua, inevitablemente (noch nicht geworden) todavía sin consumar, tal como lo expresó Ernst Bloch.

Es sabido que esta idea de «cultura» no es de uso universal, al contrario, se suele considera la «cultura» como sinónimo de instrumento de continuidad, de resistencia al cambio, costumbre, rutina y ausencia de reflexión, como algo que hace que los hombres deseen hacer lo que deben hacer. Una concepción de la cultura como «preservador», como una sustancia conservadora y estabilizadora.

Frente a ello me identifico con una idea de cultura como teoría crítica, que parte  de estos dos supuestos: «las cosas no son necesariamente lo que parecen ser» y «que el mundo puede ser diferente de lo que es». Una teoría que asume la cultura como característica fundacional del modo de ser humano.

Con todo ello acabo de definir perfectamente la idea de mi colección, como un proyecto vivo, opuesto a un registro del pasado, como una apuesta de futuro, un proyecto sin consumar, o dicho de otra forma, la posibilidad de generar nuevo conocimiento a partir del conocimiento adquirido previamente.

Si como sugirió Heidegger, «la vida es un proceso de perpetua recapitulación y reabsorción, cada sucesiva recapitulación de la vida individual tiene lugar inevitablemente en circunstancias cambiadas y en el seno de marcos cognitivos alterados: no todo aquello que pertenece al pasado es susceptible de ser recapitulado y reabsorbido, al menos, no sin sufrir profundos cambios en su forma», solamente podemos afirmar que hay más presente que la recapitulación continua del pasado.

Una vez definido el contexto cultural en el cual el coleccionismo adquiere para mí su verdadera dimensión epistemológica, se plantea otra cuestión no menos importante y es la de poder establecer el momento en el que un almacén de obras de arte se convierten en una auténtica colección. En los inicios de mi colección se trataba de una simple labor acumulativa, cada vez había en mi casa más obras que se iban acomodando según sus propias necesidades. Al principio compraba cuadros pop de gran formato, pero una primera fotografía apareció en mi colección y tras la aparición de esa foto se produjo una insaciable carrera acumulativa de muchas más fotos, llegando a desbancar a la pintura, colocándola en un segundo plano. Así empezó a gestarse mi actual colección de fotografía.

Repensando la colección en ocasiones como esta me he dado cuenta de que, de alguna manera, la colección tiene una cierta autonomía; que toma unos derroteros que, sin ser ajenos a las decisiones del coleccionista, lo trascienden. Existe un punto sin retorno que, intuyo, tiene que ver con la adquisición de una obra, de un conjunto de ellas o tal vez con una idea clara de lo que debe ser tu colección. Todo ellohace que, lo que hasta un determinado momento había sido un simple almacén de diferentes obras, se transforme en un conjunto que ha adquirido una coherencia y una dimensión intelectual de la que antes carecía. Todo ello no dejaba de planteármelo cada vez con más insistencia en la medida en que mi labor como coleccionista iba adquiriendo una cierta notoriedad pública y siempre dentro de la idea de coleccionismo como una forma de conocimiento llegué a la conclusión de que este proceso se parecía a lo que en la ciencia se llama cambio de paradigma. Volví a leer a Thomas S. Kuhn, el filósofo e historiador de la ciencia que había acuñado por primera vez la idea de los cambios de paradigma en la ciencia, y encontré en su mítico libro La estructura de las revoluciones científicas de 1962 ciertas claves para poder dar cuenta de la idea que me rondaba por la cabeza de forma un tanto imprecisa.

Kuhn explica que existen dos tipos de desarrollo científico: el normal y el revolucionario; el normal es el que supone una concepción acumulativa del desarrollo científico, lo compara a los ladrillos que la investigación científica está permanentemente añadiendo al creciente edificio de la ciencia, pero también manifiesta una modalidad no acumulativa y que proporciona claves únicas de un aspecto central de ese conocimiento científico; el cambio revolucionario se define en parte por su diferencia con el cambio normal, siendo este, como ya se ha dicho, el que tiene como resultado el crecimiento, aumento, o adición acumulativa de lo que se conocía antes; los cambios revolucionarios son diferentes y bastante más problemáticos puesto que ponen en juego descubrimientos que no pueden acomodarse dentro de los conceptos que eran habituales antes de que se hicieran dichos descubrimientos y se plantean cuando no se puede pasar de lo nuevo a lo viejo mediante una simple adición a lo que ya era conocido, ni tampoco se puede describir completamente lo nuevo en el vocabulario de lo viejo o viceversa. Los cambios revolucionarios implican una transformación relativamente súbita y sin estructura en la que parte del flujo de la experiencia se ordena por sí misma de una forma diferente y manifiesta pautas que no eran visibles anteriormente, son en un sentido holistas y no pueden hacerse poco a poco, paso a paso, contrastando así con los cambios normales o acumulativos.

Si Kuhn tiene razón, la característica esencial de las revoluciones científicas es su alteración del conocimiento de la naturaleza intrínseco al lenguaje mismo. La violación o distorsión de un lenguaje científico que previamente no era problemático es la piedra de toque de un cambio revolucionario.

Me gustaría poder explicarles el paralelismo que he observado entre estas teorías y mi experiencia como coleccionista: reflexionando sobre mi destino como coleccionista pude detectar decisiones que no tienen que ver solamente con la compra de una obra más. Uno de esos momentos fue el de dar el paso de comprar la primera fotografía y otros momentos decisivos son los que intento determinar dentro de mi colección de fotografía. Estas reflexiones y la posibilidad de ver colgada mi colección en espacios que no eran para los que en principio estaban destinadas, ese proceso de extrañamiento de las obras es el que te permite tener otra visión de la colección, y no solamente la de conjunto, son algunas de las circunstancias que me ayudan a entender lo que ha hecho que mi colección adquiriese una especificidad y coherencia propia. Es aquí donde me gustaría recordar la diferencia entre el conocimiento normal y el revolucionario que antes mencioné. Este punto de inflexión no solamente introduce un cambio de rumbo, redefine lo anterior y, además, cambia la visión de lo adquirido antes de ese momento; todo lo que antes simplemente convivía pacíficamente se convierte en algo con un nuevo significado y lo anterior no puede ser mirado y entendido de la misma forma. Ese es el punto de ruptura revolucionario, o sea, el que convierte la acumulación de obras en una colección en el sentido cultural. A partir de ese momento empieza a adquirir la colección una consistencia que antes no tenía y las razones de esas adquisiciones anteriores se transforman en los eslabones de una cadena que se concreta en un proyecto sólido.

En mi caso, lo que empezó como una cierta tendencia a diferenciarme de otros coleccionistas por lo arriesgado, provocador y transgresor de las imágenes que coleccionaba se transformó en algo más sólido. Todas esas ideas forman parte, de alguna manera, de las características de la colección, pero no agotan su significado ni la pretensión del proyecto. Siguen siendo fotos de chicos guapos, menos guapos y drag kings, pero las razones de su coherencia son otras. Esa coherencia que la caracteriza transciende las obras una a una, e incluso todas ellas en su conjunto. Y una de las ideas que la caracteriza no es otra que la de reivindicar una cierta homología entre la forma oblicua en la que da cuenta el artista del mundo y la que da el coleccionista.

Si algo caracteriza a la fotografía actual es precisamente esa reivindicación de  la mirada frente al dominio de la técnica fotográfica, hay muchos artistas que usan la fotografía como medio de expresión pero que no «saben» disparar una foto. Entender mi colección como un proyecto intelectual que permitaexplicar el mundo a través de la visión que los artistas nos ofrecen del mismo, pero reorganizado y reestructurado a partir del ojo del coleccionista, y poder compartirlo con los demás sería el fin último de mi colección y lo que, entre otras cosas, le da esa consistencia que antes se apuntaba, aun a riesgo de  que ello suponga una visión parcial, sesgada e interesada pero, desde luego, nada aséptica, correcta y ejemplar.

Para cerrar esta exposición señalar uno de los pocos fines prácticos a corto plazo que tiene mi colección: citando una frase de Antonio Puigverd en un artículo reciente en El País: «No queda otro remedio que encomendarse a Flaubert. A su rigor obsesivo, a su orgullosa soledad. Encerrarse como él en una torre y contemplar cómo chocan contra ella las olas de mierda, una y otra vez, sin derrumbarla», así me siento yo construyendo día a día mi colección de fotografía, como se construye esa torre desde la que me defiendo de la fealdad del mundo que me rodea.

Barcelona, enero de 2003

Otrosíes:

«Cuando un artista me dijo: “compras fotos de pollas y piensas que estás comprando arte”, comprendí que no era, ni podría ser nunca, Peggy Guggenheim. A partir de ese momento, como decía Unamuno: “he ido dejándome llevar de mi pensamiento, como D. Quijote de Rocinante, al azar de los caminos o de los pastos.» Mutatis mutandis llegué a la conclusión de que en España coleccionar es llorar.

Barcelona, octubre de 2009

En dos palabras: Yo, por mi Colección, MA-TO (intelectualmente).

(Homenaje a Belén Esteban)

Barcelona, marzo de 2010


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